Por: Aldo Mansoni
Se le conoce a esta parte del mundo como el
“Hemisferio Occidental”; sin embargo, este es un término producto de la
influencia y posicionamiento de una potencia hegemónica, la cual se reconoce a
sí misma como el centro de poder omnímodo, que luego de la II Guerra Mundial
redefinió a su antojo el juego de las Relaciones Internacionales basadas en su
“interés nacional”, colocándose así por encima de los proyectos nacionales del
resto de los países americanos.
Con esta breve caracterización nos referimos
al hegemón estadounidense, el cual desde 1948, en el fragor del Bogotazo,
empujó la conformación de la Organización de Estados Americanos (OEA). Dicho
organismo tenía como propósito ser un espacio político deliberativo de la
postguerra que, al igual que la recién creada Organización de Naciones Unidas
(1945), permitiera crear un nuevo orden mundial. Sin embargo, esa concepción de
nuevo orden ha sido imaginada como un salvoconducto y carta blanca para en
nombre de la democracia y de la libertad causar intervenciones como las
ocurridas en: Cuba (1952), Guatemala (1954), Cuba (1961), Brasil (1964),
República Dominica (1965), Argentina (1976), Nicaragua (1981), Granada (1983),
Panamá (1989).
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